Primer contacto
Me ha costado un poquito conseguir acceder a internet con la red inalámbrica de mi cuarto, pero al fin y tras algo más de tres horas que invertí antes de ayer tratando de configurar la red y descargarme los correspondientes Service Packs, al fin estoy disponible para actualizar el blog en el momento que quiera.
Los primeros días en un lugar nuevo se alargan tanto que me parece que en vez de cinco días llevo aquí un mes, imaginaros lo que debe ser relataros todo desde mi llegada hasta este momento... Intentaría ser más o menos breve y directo, pero como sé que aunque haga acopio de fuerzas al final me voy a acabar enrollando, me ahorro el esfuerzo. Perdón.
Me desperté el día de viaje con un horrible dolor de barriga. El día antes había tenido una boda, pero no bebí nada, así que me supongo que serían los nervios, pese a que no me sentía psicológicamente sobresaltado. Apenas desayuné y pasé todo el viaje un poco mareado con la frecuente sensación de haberme olvidado algo. Después de un pequeño atasco a la entrada de Barajas que nos obligó a realizar cierto camino a pie, me reuní con Víctor, el compañero de clase con el que voy a compartir la experiencia de Wolverhampton.
La primera sorpresa estaba al llegar: aunque a Víctor le habían perdonado un exceso de equipaje de cinco kilos, a mí me tocó facturar mis siete kilos extra a un coste total de 88 €. Un par de días después, mis padres preguntarían en el Servicio Internacial si la Universidad cubre estos costes y una mujer no muy amable le respondería que el pago de este exceso viene incluído en la entrega de la beca. Beca que, por cierto, no supera los 120 € al mes.
Después me tocó un aburrido viaje sin vistas a ninguna ventanilla, sin Víctor al lado que me diera conversación, sin ganas de leer y con la misma indisposición de antes, por lo que me dediqué a hojear las revistas del avión y nada más intentar entender a las azafatas y a los pasajeros, que por cierto parecían cada vez más ingleses.
Al bajar del avión resultó ser que casi todos los pasajeros de mi edad, incluso aquellos a los que había etiquetado erróneamente como extranjeros, compartían destino con nosotros, así que nos fuimos captando gente hasta llegar a conocer esa misma tarde a casi todos los españoles que tomaron vuelo en Madrid. El cielo nos recibió con una espesa y deprimente capa de nubes que me hacía pensar que ya era diciembre y que la noche llegaba más rápido que en mi país.
Tras un exótico viaje en taxi con un enturbantado conductor sikh, llegamos a la residencia donde tuvimos que realizar un pequeño papeleo (el conserje me llamó "posh" cuando vió que había escogido una habitación con baño propio). Al fin, conseguí llegar totalmente derrengado a mi habitación, con las dos mochilas y las dos pesadas maletas que llevaba acarreando desde hacía dos horas. Algo malo estaba por llegar, y era que no había recibido el pack de bienvenida que incluía una colcha y agua, lo cual me hizo pasar una noche completamente sediento y mal abrigado con dos toallas y un abrigo, con lo que pillé un dolor de garganta por el que sigo tosiendo en estos momentos.

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